lunes, 13 de agosto de 2012

Abraham el padre de la fe


Introducción
En esta oportunidad abordaremos un texto bíblico que suele ser muy representativo para algunos creyentes en relación a lo que concierne al tema de la fe. Se trata del texto que hace referencia al intento de sacrificio de Isaac (1).  En el presente escrito argumentaré que el texto bíblico presenta varios problemas de los cuales abordaré tres: I) problemas de tipo epistemológico, II) problemas de coherencia y finalmente III) problemas de tipo moral.


I) Problema epistémico
Si analizamos el texto bíblico desde una perspectiva epistémica, nos daremos cuenta que hay una intención de promover una política de desprestigio contra la razón y contra todo aquel que no acepte un estado de sometimiento total a la autoridad divina. El texto bíblico sugiere que es un error la crítica racional. Cualquier mínima manifestación de  duda o crítica es vista como un acto de desobediencia hacia Dios. Dudar es algo soberbio que muestra una grosera desconfianza hacia Dios. En resumen pensar críticamente está mal.
Ahora bien, ante el objetivo intelectual de buscar la verdad y evitar creer cosas falsas, no hay peor forma de proceder que como lo hace el personaje de este texto. La fe es un mal compañero de viaje hacia el camino del conocimiento; cuando se suprime la duda y la crítica racional se es más susceptible al autoengaño, a creer cosas falsas y perjudiciales tanto para los demás como para uno mismo.
II) Problema de coherencia
El texto también contiene problemas de coherencia en relación a la definición tradicional de Dios como un ser moralmente perfecto, ¿Cómo un Dios moralmente perfecto podría ordenar que se sacrifique a un ser humano? Un Dios moralmente perfecto no puede cometer actos inmorales, no puede ordenar que se hagan actos inmorales y mucho menos puede recompensar acciones inmorales. Dado que lo hace, hay una flagrante contradicción con el atributo de Dios como un ser moralmente perfecto.

Por otro lado, el atributo de Dios como un ser omnisciente es incongruente,  en el texto bíblico se muestra a Dios probando a Abraham. Si Dios lo sabe todo, es decir, si Dios posee todo el conocimiento existente, entonces Dios debe saber si su siervo Abraham tiene fe en él y si será obediente. Pero lo que sugiere el texto bíblico es que Dios ignora si  Abraham tendrá fe y  si será obediente. Lo que hace que Dios le ordene a Abraham sacrificar a su hijo para poder saberlo.  Lo anterior supone que Dios no lo sabe todo, cosa que es inconsistente con el concepto tradicional de Dios como un ser omnisciente.    
III) Problemas de tipo moral
Es curioso que cuando se hace referencia a este texto bíblico se hable de lo heroico que resulta el comportamiento de Abraham, su fe, su obediencia, su gran capacidad para dejarlo todo en nombre de Dios y con esto se oculte un hecho grave: el intento de asesinato de un ser humano.
Lo primero que hay que señalar es que ordenar asesinar a alguien como prueba de lealtad y obediencia es algo inmoral. No podemos considerar  aceptable que alguien nos mande asesinar un ser querido como prueba de lealtad. Ni el amor, ni la amistad, ni el poder, ni la  autoridad de un líder religioso justifica moralmente el asesinato de un ser querido. Hay que ser muy insensibles moralmente hablando para considerar esto como una orden que no entra en contradicción con lo que consideramos correcto moralmente.
Resulta también inmoral que alguien obedezca ciegamente ese tipo de orden. Abraham no protesta, no se pregunta si es correcto o no actuar así; él sólo se limita a ejecutar la acción. La idea de fe que se expone en el relato no es otra cosa que obediencia ciega, que supone que debemos actuar acríticamente aunque la orden nos parezca irracional. Se nos está sugiriendo que actuemos a pesar de que la acción que se nos ordena nos parezca incorrecta. La idea de pensar o reflexionar antes de actuar queda en desprestigio, ya que se ve como algo virtuoso ser un autómata.
Otro error grave es que algo que es inmoral lo muestren como algo bueno y digno de imitar.  Este relato es promovido como un comportamiento épico. Abraham  es el ideal al que deben aspirar todos los fieles. Sin embargo, ¿Una persona moralmente ejemplar obedecería una orden inmoral? ¿Una persona que es capaz de asesinar a su hijo es un modelo ético a seguir? ¿Realmente es deseable que todos los seres humanos actuemos como Abraham?
Muchos casos reales de personas que imitan a Abraham han ocurrido. Personas que escuchan una voz en su cabeza que les ordena que sacrifiquen a su hijo; lo único diferente es que en esas desafortunadas historias nunca aparece un carnerito que pueda remplazar al niño, no aparece nunca un ángel que detenga la mano de su victimario. Casos de padres que asesinan a sus hijos porque una voz les revela que son la reencarnación del demonio. (2) Otros que evitan someter a tratamiento médico a sus hijos gravemente enfermos porque piensan que milagrosamente Dios los sanará. Creen que la enfermedad de su hijo es una prueba que Dios les puso para probar su confianza en él. Tratar médicamente a su hijo es una muestra de falta de fe. Por obvias razones sus hijos mueren (3). También, padres que le sacan los ojos a sus hijos por no cerrarlos cuando rezan (4); o personas que creen que el sacrificio de niños trae fortuna y pagan a brujos para que hagan el ritual (5)  Con todo, es claro que este tipo de comportamiento no es digno de imitar  
Es también reprochable que el comportamiento inmoral de Abraham  sea recompensado. Recompensar acciones es incentivar con premios a los demás para que imiten ese comportamiento. ¿Cómo es posible que se premien acciones incorrectas para que los demás la imiten? Además, la idea de hacer cualquier cosa así esta sea asesinar a alguien para que Dios nos recompense es algo egoísta. Actuar sólo por recompensas divinas es propio de sujetos motivados exclusivamente por el interés propio y en el de nadie más. Esto no es más que egoísmo: si tengo que tomar la vida del prójimo para causar una buena impresión de Dios y además ser recompensado, lo haré sin ningún problema.
Otro problema es que se relativiza la moral. Si se cree que Dios es la única y exclusiva fuente de la moralidad entonces todo lo que él me ordene hacer es bueno y todo lo que me prohíba hacer es malo. En ese orden de ideas, si en uno de esos caprichos divinos Dios nos ordena sacrificar a un ser querido eso será bueno porque él lo ordena, lo que nos lleva a la paradoja siguiente: Dios puede ordenarnos hacer acciones que por sentido común son inmorales, pero que por el hecho de que él las ordene deberán ser vistas como correctas. Así las cosas, nos vemos obligados según esa lógica perversa a valorar acciones incorrectas como acciones buenas.  Por eso vale la pena mencionar la frase famosa: no somos seres morales por Dios, somos seres morales a pesar de Dios.
Para finalizar abordemos la objeción más predecible, ¿el hecho de que Dios no haya permitido que Abraham sacrificara a Isaac hace que las anteriores acusaciones sean menos graves? Si un terrorista desea matar a una multitud de gente en un teatro y se traba su rifle eso no cambia nada su carácter moral. O si a éste sujeto el jefe le ordenara cancelar el ataque, eso no lo hace más bueno o menos malo. Sigue siendo un sujeto que intento matar a mucha gente.  Además, hay que recordar que en el texto bíblico no ocurre que Abraham se arrepienta de lo que va hacer porque se da cuenta que es incorrecto hacerlo. Pasa otra cosa muy distinta, se detiene porque Dios se lo ordena. Dios lo detiene, no porque considere que está mal sacrificar niños en su nombre, sino porque logra probar que Abraham es capaz de hacer cualquier cosa que él le ordene, desde sacrificar niños hasta chocar aviones en rascacielos.  
Notas
(1). Génesis 22: 1-18    

viernes, 22 de junio de 2012

La carga de la prueba y la ausencia de creencia



En el debate sobre la carga de la prueba algunos ateos afirman que no tienen el deber de demostrar que Dios no existe, para ello utilizan una variedad de razones entre ellas la de la ausencia de creencia.

El ateísmo entendido como ausencia de creencia significa que es una no creencia frente a las afirmaciones del teísmo. Según esta concepción,  el ateo solo señala que las razones dadas por los creyentes para justificar su creencia son malas razones y no afirma nada más allá de eso. En otras palabras, el ateísmo no es una creencia o una posición, es más bien una ausencia de creencia por lo que no requiere de evidencias o pruebas.


Las únicas tres posibles actitudes hacia una creencia son tres: creer que (p), creer que (no-p) y suspender el juicio respecto a (p) y (no-p). Así las cosas, las opciones en relación al tema de la existencia de Dios son: el que cree que Dios existe (D), el que cree que Dios no existe (no-D), y el que suspende el juicio en relación a la existencia y no existencia de Dios.

Si el ateísmo no tiene creencia alguna con respecto a (D) o (no-D) entonces su actitud va más acorde con una suspensión del juicio; lo que convierte a este tipo de ateísmo en  agnosticismo, cosa que resulta extraña. ¿Qué diferencia existiría entonces entre un ateo y un agnóstico si se asume el ateísmo como una ausencia de creencia?

El agnóstico también debe rendir cuentas

Cuando valoramos las actitudes de un sujeto frente a una creencia, estamos evaluando que actitud es la más correcta, que actitud se justifica más, que actitud es más racional. Ello lo hacemos basados en las evidencias y razones de las que dispone el sujeto para justificar su actitud.
Lo anterior supone que las tres posibles actitudes  son susceptibles de evaluación, esto es, se les puede exigir justificación: al que cree en (p), al que  cree en (no-p)  y cuando se suspende el juicio en relación a (p) y (no-p).

En ese orden de ideas, para que mi creencia en (D) o en (no-D) este justificada debe estar apoyada en buenas evidencias que indiquen que hay mejore razones para creer que (D) o que hay mejores razones para creer que (no-D). Ahora en lo que respecta a la suspensión del juicio hay que tener también buenas razones. El agnóstico no está exento de que se le exijan evidencias en relación a su posición.

Para que la suspensión del juicio sea la actitud correcta, el sujeto debe justificar porque considera que las razones dadas para creer en (D) y las razones dadas para creer en (no-D) son insuficientes. El agnóstico debe poder probar que tanto el creyente como el no creyente están en una posición de empate, es decir, que ninguno de los dos posee mejores razones que el otro y que por lo tanto la mejor actitud es suspender el juicio respecto a (D) y (no-D). 


En resumen, no creo que asumir el ateísmo como una ausencia de creencia sea una buena razón para evadir la carga de la prueba, ya que esa posición tiene como consecuencia un agnosticismo que no esta exento de la exigencia de justificación. 

viernes, 15 de junio de 2012

La carga de la prueba y el principio de lo extraordinario


Esta reflexión surgió  a propósito del texto de Carmen Chase  La carga de la prueba para un Dios que da lugar a una sugerente discusión sobre el tema. Hay que aclarar que la autora está de acuerdo en que tanto el ateo como el teísta pueden asumir la carga de la prueba.

El debate sobre la carga de la prueba se centra en la disputa sobre quién tiene la obligación intelectual de probar lo que sostiene ¿Debe el teísta asumir el desafío de probar lo que cree o es el ateo el que tiene esa obligación?

Algunos ateos intentan defender que no tienen el deber de demostrar que Dios no existe, para ello utilizan una variedad de razones de las cuales sólo evaluaremos el siguiente principio "lo normal se presume, lo extraordinario se debe probar". Aquí argumentaré que tal principio no es una buena razón o estrategia para que el ateo pueda  evadir la carga de la prueba



En su texto Chase afirma lo siguiente: lo normal se presume, lo extraordinario se debe probar.  Quien hace afirmaciones insólitas, extraordinarias tiene la obligación intelectual de probarlas, no quien las cuestiona. Por el contrario, las afirmaciones ordinarias o normales no se cuestionan ni se les exigen pruebas porque concuerdan con nuestras experiencias cotidianas y con el conocimiento vigente.  El teísmo hace afirmaciones extraordinarias, por lo tanto es el teísta el que tiene la obligación de probar. 

El problema con este principio enunciado por la autora  es que es muy general. Lo normal  y lo extraordinario es algo que puede ser relativo a cada contexto. Normal puede ser interpretado como: lo que la mayoría de la gente cree, el sentido común, lo tradicional, lo que nos enseñaron nuestros padres, maestros, sacerdotes. Y aunque la autora parece afirmar que lo normal hace referencia al conocimiento científico; normal no es para todo el mundo el conocimiento científico y más aún puede ser todo lo contrario. Veamos un ejemplo:


En  una comunidad X los conocimientos vigentes afirman que  la tierra es inmóvil, que es el centro del universo y que todos los planetas giran alrededor de ella. Sí aplicamos el principio "lo normal se presume, lo extraordinario se debe probar", toda afirmación acorde a esos “conocimientos” será normal  y no se exigirá prueba alguna. No obstante, si un sujeto de esa comunidad afirma que la tierra se mueve, que la tierra no es el centro del universo y que los planetas incluidos la tierra se mueven alrededor del sol; entonces en ese contexto las afirmaciones hechas por ese sujeto serán extraordinarias, insólitas  y según el principio mencionado arriba sus afirmaciones deberán ser probadas.

El ejemplo anterior muestra que no porque determinadas afirmaciones en un contexto concuerden con lo que se denomina normal, quiere decir que están exentas de la carga de la prueba; ya que en otros contextos eso que denominamos una afirmación normal puede ser extraordinaria y entonces vernos obligados a probarla. Cuando en un contexto lo que creemos va en contra de la corriente sólo eso es necesario para que seamos nosotros los que debamos asumir el deber de probar.

También se puede observar que una afirmación extraordinaria no siempre es sinónimo de una afirmación falsa y una afirmación normal no siempre es sinónimo de verdad como parecen muchos suponer cuando citan el principio. Una creencia falsa puede ser tenida por una comunidad como verdadera y por lo tanto como algo normal, aceptable y por ello no surgirá la necesidad de probarla; también por más verdadera que sea una afirmación eso no será suficiente para evitar la carga de la  prueba. Con todo, la verdad o la falsedad de una afirmación no determina quien tiene el deber de probar.

Otro punto a señalar es que las discusiones informales generalmente no siguen procedimiento alguno. En un contexto específico a veces por el desconocimiento de algunos pocos, un sujeto que sabe, se ve obligado a cargar con la obligación de probar sus afirmaciones e informar a los que las ignoran por más que esas afirmaciones sean normales o comunes para la mayoría de esa comunidad. 

Igualmente, a veces los que cuestionamos algunas afirmaciones nos vemos obligados a demostrar porque sostener x afirmación es un error. No siempre los que cuestionan afirmaciones están exentos de demostrar la falsedad de las mismas. A veces para promover el conocimiento y hacerle frente a la superstición, la credulidad y la desinformación se debe asumir el peso de la carga de la prueba.

Referencias
Chase Carmen, La carga de la prueba para un Dios en: http://www.ateismopositivo.com.ar/

viernes, 18 de mayo de 2012

Una Evasiva Al Problema Del Mal

Cuando se discute por qué Dios permite tantas injusticias en el mundo, es frecuente que los creyentes afirmen indignados que Dios no puede ser entendido como una especie de esclavo que está al servicio del hombre. Dios es Dios, y no una bestia que obedece ordenes. ¿Quién es el hombre para exigirle algo? Esta defensa tiene como fuente la actitud de extrema sumisión que encuentra grosero e inaceptable que se exijan cuentas a Dios por la maldad en el mundo. Por el contrario pienso que hacerle esa rendición de cuentas es percatarse de la incompatibilidad de los hechos con la idea que nos muestran de Dios.
 
 
Hay algo curioso en este tipo de defensa: el creyente al no poder justificar la imagen de Dios como padre amoroso que nos protege, recurre entonces a la imagen del Dios rey, frío y autoritario al que hay que obedecer ciegamente, tenga la actitud que tenga. Por ejemplo los predicadores aprovechándose de las necesidades y problemas que aquejan a la gente le ofrecen primero una imagen de un Dios que les ayudará en sus problemas, una especie de genio mágico a quíen le puedes pedir lo que sea; luego cuando ya eres creyente te cambian las reglas de juego y resulta que eres una vil creatura de Dios sin autoridad alguna para pedir nada.
Ahora bien, la idea de Dios como un sirviente o un esclavo, es una falsa imagen para ocultar el siguiente problema: la idea de alguien que se supone bueno y nos ama pero que es indiferente con los males que padecen los seres humanos. Si uno ama a alguien, y ese alguien se encuentra en problemas y está en nuestro poder hacer algo para evitar su mal lo ayudamos. El hacerlo no implica que yo sea un esclavo o una bestia al servicio de alguien. El sólo hecho de amar a alguien te hace ser solidario con él. ¿De cuando acá ser solidario, el querer ayudar a alguien que amas te hace alguien inferior o un esclavo?
En conclusión, no es contradictorio exigir la ayuda de Dios, por más rey de reyes que sea. No es contradictorio exigirle resultados a la fuerza pública (policía, fuerzas militares) cuando prometen protegerte. Así mismo, Dios podría ayudar a los niños y mujeres indefensos que en este mismo instante están siendo victimas de algún mal, y al hacerlo no dejaría de ser Dios. Pero el hecho es que no lo hace. Por eso es que la idea de un Dios amoroso que no quiere nuestro mal y que puede evitarlo es una idea bastante dudosa.